“Cuando conocí a mi prometido debido a que, éramos atletas en la Universidad en Tennessee. Comenzamos a salir y la relación avanzó rápidamente. Nuestro noviazgo fue puesto a prueba en 2012 cuando él se mudó de vuelta a su casa natal, en Florida, mientras yo me quedaba.

 

 Tras un año de estar a la distancia, el me sorprendió al decidir mudarse a mi ciudad. Para diciembre de 2013 estábamos viviendo juntos y pasándola muy bien. Tan bien, que nos comprometimos y comenzamos a planear nuestra boda.

 

Puse mi alma y mi corazón a la planificación de la boda para intentar que fuera el mejor día posible”. Iba a ser una celebración de nuestro amor, así que quería que fuera absolutamente increíble. Un par de semanas antes de la boda tenía todo planeado hasta el último detalle, estaba emocionada por nuestro día.

 

 

“Pero 5 días antes de la ceremonia lo más inesperado sucedió. Mi prometido y yo nos sentamos a hablar y el me dijo que ya no estaba más enamorado de mí, que no quería casarse ni pasar el resto de su vida conmigo.

 

“Estaba en completo shock, como adormecida. Los próximos días fueron un torbellino de llamar a invitados, cancelar servicios. Afortunadamente, mis amigos y familia me cuidaron y me mostraron infinito apoyo.

 

“A medida que el día de la boda se acercaba, nadie sabía bien qué hacer, qué pensar o qué sentir. Algunas personas me propusieron la idea de destrozar mi vestido, y al principio eso sonaba loco. Mi madre había gastado tanta plata en el vestido y en sus modificaciones que me ponía nerviosa el sólo hecho de pensarlo, ni que hablar el de proponerle la idea. Pero tras pensarlo mejor, yo sabía que hacer algo que celebre la ocasión sería lo mejor para mí. No iba a dejar que el error de mi ex prometido de dejarme ir, arruinara mi felicidad.”

 

Y por eso hice lo siguiente….

 

 

 

 

 

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